miércoles, 14 de enero de 2015

Los sueños de Bebela


Quisiera esta entrada sincronizar un par de relojes: el que marca las horas del concurso de sueños y el que cuenta las pocas que faltan para que nos visite, este viernes a la una de la tarde, la poetisa Isabel Escudero. En la entrada anterior que le dedicamos, mencionábamos que el maestro Agustín García Calvo dedicó a Isabel, su compañera desde finales de los 70, un hermoso libro llamado Bebela (siendo Bebela, Isabela, una variante cariñosa de su nombre). Pues bien, de este volumen, publicado por primera vez en 1987, proceden estos versos, el canto 3 del mismo, que hablan acerca de nuestras dos materias: la dama Bebela y los sueños.
 
Por lo demás, ¡ah, quién pudiera en los ensueños 
de Bebela entrar!, como se cuela en el cinema 
por entre las pieles del señor y su señora 
el mocoso rapazuelo que de aquel palacio 
no tiene entrada ni dinero que la compre. 
Pues eran los ensueños que las noches de ella 
poblaban no ya sólo ricos y ocurrentes, 
sino que además los recordaba de despierta 
con la nitidez de los vitrales de colores, 
y solía, generosa, en límpido relato 
regalárselos de vez en cuando a los amigos. 
Que tantas eran las industrias de sus sueños,
pasando indiferentes de si a la Bebela 
durmiente la sonreía o si la espeluznaba 
la serie de aventuras y trasmutaciones, 
que a veces ella nos decía que sus horas 
despiertas eran el descanso de lo mucho
 que soñando trabajaba. Pues a bien que en esos
túneles y laberintos de fantasmagorías
que a Bebela le otorgaba la dejación bendita
de leyes y voluntad, querríamos los pobres
de ensueños, aunque sea por su tercería,
entrar un poco, a respirar de los jardines
de flores que se convierten por capricho acaso
en arañas o culebras, y a beber del agua
tal vez de oro venenoso que de alguna
sed soterrada mana por los arriates
del sinsentido. Bah, ya sé que los ensueños
también sus leyes tienen y su maquinaria,
que la cándida impiedad del inspector de almas
sabe vislumbrar a veces. Pero en todo caso,
son otras leyes que las escritas en las tablas
de la ciudad y del mercado y en las telas
del alma vigilante, que en el obedecerlas
se cree que cumple su voluntad y hasta, oh miseria,
su gusto personal: al menos, en el sueño
no sabes de quién son las leyes o caprichos
que rijan tus andanzas. Conque bien podemos
curarnos con los sueños de la ley despierta,
en tanto que se va, con más verdad de día
en día, descubriendo cómo eran lo mismo
los sueños y las leyes. Pero demos gracias
a Bebela de que sepa con tan clara y cuerda
palabra relatarnos los embrollos locos
de sus ensueños: pues ¿de qué nos serviría
soñar, si no viniese la razón, en obra
de fiel infidelidad, a dar razón al sueño
y a la locura? Alabada sea pues Bebela
por el soñar oscuro y por el razonarlo
en limpio, y viva doble su memoria, para
que sueñe mucho y que nos cuente sus ensueños.

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